Cuando tiene uno la desgracia de salir temprano de entre las sábanas, porque a alguien se le ocurrió tener una reunión de trabajo a las ocho de la mañana en un restaurante que a usted le queda al otro extremo de la ciudad, aborda la pesera y ahí va con rumbo a la estación del metro que mejor le acomoda, y se siente con los párpados lánguidos de sueño y con la boca con sabor a cobre, también friolento…
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