Cuando tiene uno la desgracia de salir temprano de entre las sábanas, porque a alguien se le ocurrió tener una reunión de trabajo a las ocho de la mañana en un restaurante que a usted le queda al otro extremo de la ciudad, aborda la pesera y ahí va con rumbo a la estación del metro que mejor le acomoda, y se siente con los párpados lánguidos de sueño y con la boca con sabor a cobre, también friolento…
Entonces ese cuando nos brinda sorpresas y una de ellas consiste en no hallarle explicación a los motivos que mueven a la gente que no tiene necesidad de desmañanarse, a correr por las banquetas o cerca del jardín que tuvo en suerte le tocara, o alrededor de la casa aunque sea, en compañía de otros tres congéneres, que envueltos en sus pants y con tenis de la marca que sea, hacen ejercicio.
Ni quién esté en contra de eso.
Más bien, contra quien nos hizo madrugar y ver este tristísimo espectáculo. Tristísimo-tristísimo, porque camiones y peseras pasan hechas la mocha y con todo el escapote abierto, tienen que dejar a los pasajeros en el menor tiempo posible, es la hora buena del pasaje y no hay que dejarla ir así como así. Tristísimo porque el esmog está que parece nata y se nos cuela por la nariz; tristísimo porque no hay vegetales en la ciudad que surtan al medio ambiente de oxígeno chabocho y nutriente, además de vital.
Tristísimo, pues las señoras le meten fe a lo que consideran bueno para la salud: correr, o también practicar aerobics, ciclismo, alguna basquetboleada, bicicleta fija en la calma del hogar, zumba… Tristísimo porque mientras uno intenta dejar de tiritar, ellos van empapados con sudor, la llanta les bambolea, tienen que exprimir la toalla y hacer esfuerzos para cumplir la meta del día y de pilón hacer dos que tres lagartijas, algunas abdomimales y sentadillas y saltar la cuerda y aprovechar los aparatos gimnásticos del parque semiderruido y atestado de basura, depositada por los vecinos por las noches.
Y eso es lo tristísimo que a uno le parece del asunto, bostezando y todo a bordo de la combi que le muestra el ìmpetu de estos seres a los que la naturaleza dio energía para quemarla, cuando lo que uno más bien quisiera es el calor de las sábanas y la entrepierna de la respectiva pareja, sea de lo que sea la apetetencia de cada quien para selecionarla, y con ella calentarse con mutuos resuellos, desayunar poquito pero bastante, echar humo de la tabacalera mexicana al calor de un cafecito americano bien humeante, agarrar la sombrilla por si las traicioneras lluvias y con la consabida concha del mundo que a uno lo caracteriza, hacerle la parada al pesero, de preferencia que lleve asientos vacíos del lado donde pega cariñoso el calorcito, y antes de entrar al metro echarle un tabaquín más al cuerpo, porque con todo y que ya es tardecito aquí sí hay que hacer deporte para entrar, lo mismo para descender si es que quiere hacerlo, o para no hacerlo, si-quiere-no-hacerlo, pero la mar humana lo lleva entre el oleaje apresurado y apresudado.
