Uno se acuerda que cuando chico, en la escuela primaria, cada lunes se rendían honores a la bandera. Además, se hacían públicos los nombres de los alumnos más adelantados, se entregaban en custodia banderines de Higiene, Orden, Puntualidad y Aseo a los grupos que había hecho los méritos suficientes durante la semana para tener en su aula aquella distinción.
En casa nuestros padres, campesinos sin tierra venidos al asfalto con la esperanza de un futuro menos peor, nos inculcaban un respeto hacia la bandera que rayaba -para nuestro gusto- en lo chusco: si pasábamos frente a una tienda de artículos militares, donde por lo regular había una bandera nacional, debíamos ponernos en posición de firmes, descubrirnos la cabeza y saludar con la mano en el pecho.
Cuando por fin nos incorporamos a la modernidad y nos enganchamos para comprar la tele a plazos con el español dueño de la mueblería en el barrio, en realidad tuvimos en casa un aparato donde, si la bandera nacional aparecía, debíamos de suspender nuestras actividades, escuchar con todo respeto -e incluso cantarlo- el Himno nacional y, obvio, rendir honores a la enseña patria. No es que don Serafín adoptara poses: simplemente cumplía al pie de la letra lo que en su rancho le habían inculcado respecto a los símbolos patrios.
Los sábados por la tarde esperábamos a mi padre a la salida de su trabajo: Ferretería Coto, Morazán esquina con Candelaria, en la célebre Candelaria de los Patos. Veíamos a los cacos entrar y salir de las vecindades, y a las chavas del talón insinuarse a los clientes potenciales que formaban filas y filas de mirones engolosinados por los cuerpos juveniles que se desplazaban sobre la acera ofreciendo los cuerpos de tentación y ocultando las caras de arrepentimiento.
Una vez que mi padre consumía la comida que mi madre le llevaba en un portaviandas de plástico, enfilábamos por toda la calle de Corregidora y arribábamos al Zócalo, en cuyo centro el asta bandera se erigía. Hasta allá nos encaminábamos, se nos permitía a los tres hermanos correr por toda la plaza mientras los mayores platicaban sus cosas, y faltando quince minutos para las seis de la tarde, mi padre nos llamaba para que presenciáramos la ceremonia en la que la inmensa bandera era arriada, cuidadosamente plegada y depositada en una especie de camilla por los soldados.
La banda de guerra, al principio y al final, tocaba el Himno a la Bandera y el Himno Nacional. Todos saludábamos conteniendo la respiración, emocionados aunque ansiosos porque sabíamos que de ahí nos iríamos a tomar chocolates con churros a San Juan de Letrán y a escuchar de gratis a los mariachis en la Plaza de garibaldi.
Ahora, fuera del mentado mes de la patria, septiembre, el llamado Lábaro Patrio cae en el olvido los siguientes meses del año, excepto para los escolares que cada lunes tienen que rendirle obligado y aburrido homenaje a ese lienzo tricolor del cual los alumnos ignoran todo porque en casa nadie tiene tiempo de explicarles su significado, y en la escuela al maestro le resulta más vital organizar tandas o rifas para completar el sueldo, que remontarse a la historia y narrar el porqué del lienzo verde, blanco y colorado con el águila devorando a la serpiente.
