“El ciclista es un aprendiz de suicida”, cita una frase del escritor Julio Torri el poeta Rafael Vargas en su libro Conversaciones, y uno se la cree porque cada vez más encuentra por las calles del barrio a esta suerte de acróbatas que, no conformes con el peligro de vivir, añaden otro con la acción de pedalear en un artefacto sobre el cual deben ir cogidos a una especie de cornamenta vuelta hacia el estómago y en una ciudad donde la consigna de los conductores de automotores parece ser:
—Péguele a ese güey.
El peligro extra se incrementa con el oficio que el ciclista ejerce valiéndose de la bicicleta como medio de transporte; baste recordar al personaje de De Sica en Ladrones de bicicletas, donde al pobre diablo le dan baje con su artefacto y es como si le quitaran un cacho de su ser, el más importante, el que permitirá obtener lo suficiente para que su mujer y su adorado hijo se la pasen menos peor y tengan, cuando menos, para malcomer…
A la fecha, hay quienes obtienen su diario sustento montados en una burra o clicla, cobrando de casa en casa el abono de la vajilla o de la estufa de gas, de la colcha o la blusa adquirida en doce pagos mensuales o ateniéndose a la semanal visita del abonero, al que luego se le andan escondiendo: no sean así, como serán…
Quizá por su persistencia para sosprender a las deudoras, la radio rancherita sonó bastante tiempo la canción del abonero. Otro aprendiz de suicida que a diario cruzaba los barrios de la ciudad todas las mañanas es, claro, el panadero. No ha fallecido este personaje favorito, aunque anda medio quebrado de salud. Con eso de que las conchas, cuernos, mantecadas, banderillas, bisquets, cuernos y demás piezas del museo de la panadería mexicana, se venden guardaditos en papel celofán y llenan los expendios, tiendas, misceláneas y hasta puestos ambulantes.
Y al panadero también le compusieron su canción y Tin Tan lo inmortalizó en una de sus cintas. Después del panadero, que era muy madrugador, invadía la calle con la suave música de su ocarina el afilador. Ducho en el arte del filo y del doble filo, en sus manos cobraban vida, en ocasiones pavorosa, las tijeras, el machete, la daga, el filetero, el cebollero, las charrascas del zapatero, el cuchillo del camotero.
Además de filo, daba espectáculo con la metamorfósis pública de su bicicleta en motor del esmeril, puesta patas arriba, que lanzaba miles de chispas en forma de cauda de cometa.
El cartero, con las buenas o malas nuevas ensobretadas, supo a las primeras de cambio o luego de dos que tres desgarrones en el pantalón gris acero —como buen ciclista— defenderse afinando la puntería para darle su escarmiento a los perros, con la punta del zapato o con el tacón, si deveras tenía habilidad para silbar, echar mano dentro del morral, extraer la carta y además ver la dirección del próximo remitente.
Otro prodigioso aprendiz de suicida o ciclista lo fue, sin lugar a dudas, el lechero. Con cariño recordamos al Gordo, siempre con los zapatos manchados con estiércol, lo mismo que el pantalón color caqui y la playera blanca. Bajaba de la bicicleta en una forma a la que legó su nombre: bajarse de a lechero, pasando el pie derecho por encima del cuadro, y con el par de botes llenos de leche en el portabultos trasero.
En el portabultos del frente, el Gordo lechero sólo llevaba el diario La Prensa, que después pudo leer a sus anchísimas gracias a que se consiguió un enclenque ayudante que lo empujaba por todo el llano y despachaba cada litro, mientras su patrón, escondido tras las gafas oscuras y el sombrero de palma, se ponía al tiro en la información deportiva…
Ciclistas todos ellos —los aprendices de suicida que decía Julio Torri—, en México tienen que ganarse la vida en diversos oficios agregados al de andar montado en el artefacto de dos llantas y cuernos inversos; un oficio ni mejor ni peor que otros.
Simplemente: diferente.
Y son muchos los que andan por ahí: el velador del barrio, el mensajero, el repartidor de mercancías pedidas por teléfono, pero mejor aquí la dejamos porque hay que ir a pedalearle a la vida, pasarse sus altos, esquivar hoyancos y topes, meterle velocidad, bajarle cuando es debido y por qué no: gozarla intentando cabriolas y otras acrobacias…
