Los broncudos… ¿Soy o me parezco?

Andan con el humor de los Mil Diablos como esencia natural y el corazón les duele de tanto gruñir a sus semejantes. No hay que confundirlos con los picudos: aquellos que primero andan con su “ya vas, ya vas, papas y sopas”, pero a la hora de la hora, nomás nada.

Puro jarabe de pico. No hay que hacerles caso y solitos van por el mundo pensando que pueden jambárselo, en un dos por tres.

En cambio, con los broncudos aguas, hay que andarse con tiento porque puede que hasta sean mala entraña.

Seres que nomás por quítarme estas pajas pueden llegar al crimen, a tirar empujones, panzazos, habladas que hieren más que regaño materno.

-Me vale, pero de que te llevo por delante, te llevo.

Los broncudos tienen capacidad para emplear las palabras de manera hiriente, como burda arma para que el estómago sienta a uno le arda, el pulso se acelere, las piernas tiemblen y adquiere uno las mismas características, asesinas casi, del iracundo en cuestión.

Ponen el dedo en la llaga y no lo quitan hasta que obtienen respuesta a sus provocaciones.

Estos seres son impredecibles, pero algo les caracteriza: la supuesta defensa de su orden, de su territorio, de su propiedad y su persona.

-Dirás misa, mano: yo llegué primero a la cola y hazle como quieras…

-Es que la señora se siente mal, mano, y la llevo a la clínica…

-Pus a mí también me duele una muela y me pone de un humor que puedo mandar a cualquiera a chiflar a su máuser…

-¡Uchala…!

-¡¡¡¿Uchala qué, úchala con que wey?!!!

Cuidado con que les rocen (o las, pues también ellas pueden volverse broncudas). Tienen los poros abiertos para que por ellos les penetre lo que consideran atentado a su integridad:

-Ora, qué tanto te me quedas viendo.

¿Qué: soy o me parezco? – puede ser la clave para sacarles distancia o a las consecuencias atenerse.

-A ver si va y se le repega así a más grande de su casa.

-No tengo.

-Pus si eso se le nota desde lejos. Pero o se hace p’allá o le tiro de bolsazos.

Impredecibles, dijimos. Puede ser que no tanto: un color a bilis les vuelve cetrino el rostro. O pueden adquirir tonalidades ámbar e incluso verde botella. Pueden tener trato público constante y aún así, aguas. Desde el mostrador, la caja, en la recepción de la oficina pública o privada atacan. Puede que sean la personificación del rencor vivo. Presencia del “no se puede contra lo que no se puede. Esencia de la neurosis que por doquier… nos roza.

Aguas… Aguas.

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