Mientras remoja los tabiques y bate la mezcla, el chalán mira de soslayo al maistro: lo advierte sudoroso y amarillento. “Se trae una cruda que ¡jijos! Todavía se trae el festejo en grande a la Santa Cruz. Una cervecita bien muerta, fría, no le caería mal”, concluye y pregunta:
“¿Qué tal le caería una chelita bien fría, maistro? Además, como que ya hace hambre; como que ya es hora comer, ¿no?”
Como que sí: yace l’hambre. Pasa del mediodía y la soba ha sido continua en la obra, más la que ya se pusieron los trabajadores en el autobús suburbano que los trajo hasta el metro y luego en la pesera para arribar a la obra, cambiarse de ropa y a darle, porque al dueño ya le anda por estrenar casa y todavía faltan las boquillas de puertas y ventanas y repellados especiales y las chácharas de la carpintería y la instalación eléctrica y la plomería…
Pero pues sí: es hora de comer y como es lunes, al maistro se le ocurre que estaría bien mandar al chalán por unos bisteces, hay que hacer la cooperacha y entre todos los hacemos: sale más barato que si vamos todos a comer al mercado. ¿Qué tal los bisteces acompañados por un buen pico de gallo y una salsa verde bien chilosa?
El chalán toma lápiz y papel, anota: chiles verdes, tomates, aguacates, cebollas de rabo, un mazo de pápalo, limones, cilantro, jitomates, bisteces suavecitos, una bolsa de sal, tortillas y una cabeza de ajo y chiles cuaresmeños para asar.
—Al regreso, traes un cartón de cerveza y un cuartito de chicharrón para picar mientras asamos la carne. ¡Pero pélale y organiza la coperacha!
Mientras los chalanes del yesero y del albañil van al mercado, como la Patita de Cri-Cri, a comprar todas las cosas del mandado, el ayudante del carpintero tiene la misión de hacer la fogata con leña de desperdicio. El comal será la tapa de un tinaco bien lavada con arena, y los platos, si alguien se pone exigente, pedacitos de triplay con un papel encima, ya ven que la madera tiene veneno contra las termitas y demás alimañas, no vaya a ser la de malas.
A falta de molcajete para moler la salsa, qué tal este botecito de aceita para carro. ¿Tejolote? Para qué, si con la cabeza del cincel no hay chile cuaresmeño que resista. Los formones del carpintero servirán para rebanar lo que haga falta e improvisar con sobrantes de moldura palillos con punta para voltear la carne.
Como la comida no estaba prevista, cada quien trae su itacate o cuando menos tortas o taquitos de la comida de ayer. Qué le hace, dientes sobren parta hincarle a todo. Mientras llegan los chalanes, arrimen lo que traigan y vamos calentándolo. Hay frijoles con huevo, sopa de pasta, arroz a la mexicana con blanquillos duros, taquitos de mole verde, caldo de polo con verduras. ¡Uta madre, vamos a quedar como pinacates!
Llegan los mandaderos y manos a esta otra obra: ése que dice que es bueno para picar cebolla, ahí están: a ver si no se nos pone llorón. El aroma de carne asada invade la calle y las cebollitas de rabo aportan sabor y jugos. El maistro albañil se luce dándole con fe al cincel para que los chiles, ajos y tomates queden bien machacaditos. Los colores matrios quedan entremezclados sobre una tabla; son los trocitos de cebolla, cilantro, jitomate y chiles serranitos.
—¡Denle vuelta a la carne, no se vaya a tatemar!
Alrededor del fuego se congregan los de la coperacha y comienzan a rolar trozos de chicharrón con pico de gallo y los taquitos de guisado, mientras la carne está al tiro. Las cervezas circulan discretamente y la Radio Tropiloca aporta la parte cascabelera de la música y la casetera corridos de narcos y judiciales.
Conforme salen los primeros bisteces del comal, la charla se anima y no faltan los elogios dirigidos a quienes tuvieron qué ver en los preparativos de esta comida, que no es de diario como muchos alegan, ni tiene que ver con los dizque desayunos o almuerzos de albañil que ofrecen en sus cartas algunos restaurantes aptos para white collars.
